Editorial (1)
Comenzaban,
los míos,
esta historia
en el mismo y
tozudo
y propio
instante
en que a
bordo de un carro
con “dos
yeguas”
dejaban
Buenos Aires
rumbo al
este...
...y
afirmaban,
de nuevo,
que la causa
radicó en un
“protesto”
por
arriendos...
El Zenón rienda en mano,
y sin
descanso,
mantenía la
marcha de los flacos
animales
espumados
a chasquido
de lengua
y revoleo
de un
arreador de ocho;
y revisando
palmo a palmo
el camino
y sus
cacharpas:
el carro;
los arreos
y a los
suyos:
llevaba a su
Emiliana en el pescante;
a los hijos
sentados en las varas;
a lomo de
ladero;
en la culata;
y otros más
rastrojeando
chilca y bosta
para prender
el fuego
en las
paradas...
“Un compadre
--decían--
les dió albergue:
¡Cuatro trancos de tierra,
contra un tala!
Donde pararon sauce
y paja brava...
metiendo “cuatro catres
y un brasero”
Después,
“se hizo a la poda”;
“a la carpida”
“puso el lomo en el puerto”
(la Emiliana
de mientras
remendaba;
o lavaba
o planchaba
o trajinaba
de rodillas
por pisos
o albañales;
y los hijos
juntaban y
vendían
güeso;
fierro
y papel,
día por día).
Pero todo
era escaso:
el jornal
y la sopa
y las
fritangas;
y el descanso
y el mate...
¡Sólo estaba
flotando
una promesa
desde ayer
que no
llegaba...
Entonces,
alguien trajo
la oferta,
que hacía un
saladero
de la Banda
Oriental,
del otro
lado...
“A la orilla del río
se mataba;
“entre el
agua y la sangre derramada.
“A la orilla
del río
se salaba:
entre el agua
y la sangre coagulada.
“A la orilla
del río
se comía:
“entre el
agua; la sangre
y la resaca...”
“A la orilla
del río
se dormía:
entre el agua
y la sangre rezagada...”
Sus manos...
(me
contaban.)
se
cuartearon...
se abrieron
en canales dolorosos
y la grasa...
“Apenas lo aliviaba:
poco y nada...”
Lo habló con
Waldemar;
buscó a
Peratta;
atrajeron a
Irurtia
y fueron
dando
avisos
sigilosos,
necesarios;
intercambiando
ideas;
pareceres;
aclarando
consignas;
promoviendo
reuniones “en caliente”
para llegar
al paro
en un
diciembre
reseco y sin
respiro;
langosteado...
Y el olor
a la carne
abandonada
atrajo a los
sablistas
que a caballo
pechaban
y tajeaban
y volteaban
la poca
dignidad recuperada...
Los más,
fueron cayendo
de costado,
“entre el agua y la sangre derramada...”
sin trabajo
otra vez;
y
nuevamente...
Unos pocos...
volvieron a
la playa,
bajo
sospecha,
todos;
y al brillo
del metal desenvainado...
“Zenón
se ató las
manos:
tajeadas;
“agrietadas..
¡Carne viva.!
,
a las varas
de aquella
carretilla claveteada
y puso bronca
y puta en el enfile:
tozudeando
equilibrio
en la
planchada;
resbalando;
giposo;
tironeando
y cayendo en
la sal
y en la
astillada
madera que
crujiendo
se partía.
quebrado en
cuatro voces,
pero vivo...
Cara al cielo
blancuzco de
una sala
despertó:
“¡Lejos
del Gualeyán!”
y de los
suyos...
Debieron,
me decían,
regresarle
el gringo
Waldemar;
el vasco
Irurtia;
Recabalde
cayendo bajo
el zaino;
la Emilina
Taborda
con sus
críos...
Debieron
aquejarle,
suponían,
la mitad de
su cuerpo triturado
y la otra
mitad clamando alivio...
...Y así
debió
extinguirse:
gipando;
dando voces;
avisos
sigilosos;
promoviendo
reuniones “en caliente”...
negándose a
vivir
como vivía;
negándose a morir
como moría...
…………………………………
(1)
Precaria
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